La India, el segundo país más poblado de la tierra, una superpotencia económica y nuclear de primer orden; China, el país más poblado del planeta con un potencial económico que hace temblar a la Unión Europea e incluso a Estados Unidos. Y entre ellos dos, ¿qué hay? Pues encajonado entre ambos se encuentra Nepal, un país de veintisiete millones de habitantes que se encuentra entre los más pobres y atrasados del mundo. Una tierra que por momentos parece que vaya a morir asfixiada ante la presión de sus gigantescos vecinos.
A principios de abril seis españoles emprendimos un viaje inolvidable para conocer in situ los encantos y las miserias de este ignorado país. Tan ignorado que muchos familiares y conocidos lo confundían con el Tíbet (ocupado por China) o con alguna región propia de la India, pero, caprichos del azar, coincidiendo con nuestro viaje el país pasó a ocupar un lugar predominante en los noticiarios y periódicos de todo el mundo. Pocos días antes de nuestra partida nos llegaban rumores acerca de multitudinarias protestas populares contra el rey Gyanendra, así como un recrudecimiento de las acciones perpetradas por la guerrilla maoísta, que controla vastas zonas del país. De esta forma, tuvimos oportunidad de ser testigos de una situación límite, un pueblo hospitalario y dulce alzándose con rabia y determinación frente a la injusticia y la corrupción del rey (un personaje siniestro, el clásico dictador cuyo único interés es conservar poder y fortuna).
Las manifestaciones, centradas sobretodo en la periferia de Kathmandú, se expandieron a Thamel, el barrio turístico por excelencia de la ciudad. Se trata de un conjunto de calles bulliciosas y coloristas. Los ricksaws y las motos comparten espacio con turistas y vendedores ambulantes. El penetrante olor del incienso se entremezcla con el hedor que desprenden los montones de basura y desperdicios abandonados en cualquier rincón. Presenciar disturbios en este barrio era una sensación extraña, casi irreal. Los nepalíes gritaban consignas contra el rey y a favor de la democracia -uno de los más socorridos era: “What We Want, Free Nepal!!!”- mientras los turistas hacían compras o descansaban en las terrazas de los hoteles. Tampoco faltaban niños nepalíes, criaturas que no pasan de los diez años, deambulando con la expresión perdida y una botella de cola entre las manos. En cuestión de pocos días los toques de queda decretados por el rey se hicieron más severos, transformando el barrio en una ciudad fantasma tomada por policías y militares. Afortunadamente un día desayunamos con una noticia inesperada y extraordinaria, la mejor que podíamos recibir: el rey había cedido ante la presión externa e interna. En tan sólo dos días, la capital recuperó su vitalidad y brío característicos.
A pesar de esta situación excepcional, durante los días de huelgas y toques de queda tuvimos oportunidad de visitar numerosos templos y estupas, así como presenciar los rituales crematorios de Pashupatinath. No obstante, lo más emotivo fue conocer una casa de acogida para niños en Kathmandú, un maravilloso proyecto que se ha hecho realidad gracias a la ilusión y la perseverancia de The Direct Help Foundation (Tdhf), una fundación que trabaja desde hace tres años en Nepal especializada en ayuda directa. Ubicada en Chhetrapati, un modesto barrio de Kathmandú, esta Kumary (Kumary House o casa de las princesas, que así llaman a estas casas en la Fundación) es un pequeño milagro, un oasis de alegría entre la pobreza y el hambre que imperan en la mayor parte de la capital. Allí los niños sin familia o con una que no puede cubrir sus necesidades básicas reciben educación, ropa y estudios. Tras una cálida acogida, conversamos con el creador de este maravilloso proyecto, un catalán generoso y afable, y con los voluntarios españoles. Conversamos con ellos acerca de la situación del país, tomamos el delicioso té nepalí e incluso aprendimos, unos mejor que otros, a preparar incienso. Como despedida, los niños y las niñas, con una perpetua sonrisa, nos enseñaron unos bailes nepalíes y, al final, nos invitaron a unirnos a ellos. Un final de fiesta hermoso y, no lo vamos a negar, algo comprometedor para los que no solemos frecuentar las pistas de baile. Ya en el exterior, a pocos metros de la Kumary, en una ancha y polvorienta calle otros niños vestidos con harapos mendigaban unas rupias o jugaban a arrastrar una rueda con un palo. Cerca, un perro famélico rebuscaba entre una inmensa montaña de desperdicios.
Días después, los voluntarios de la Kumary nos ofrecieron acompañarles a conocer tres pueblos ubicados en el valle de Kathmandú: Nagarkot, Kattiké y Dharapani. Una oportunidad inmejorable para apreciar de primera mano los proyectos que han puesto en marcha en estas zonas rurales. Debido a la situación política del país, tuvimos que regresar a Kathmandú en el transcurso del mismo día. Fue un viaje tan agotador como enriquecedor y gratificante. Ayudamos a llevar unas libretas escolares para la escolarización de niños y adultos, disfrutamos del paisaje y nos explicaron varias iniciativas. Una de ellas en especial ha dado muy buenos resultados. Se trata de la instalación de unas chimeneas en las casas familiares, viviendas de una única estancia donde charlan, duermen y cocinan. Hasta ahora, la humareda negra que se produce al cocinar directamente sobre piedra permanecía en el interior de los hogares toda la noche. Su instalación ha producido en la población unos beneficios inmediatos. También tuvimos oportunidad de conocer a dos nepalíes -padre e hija- encargados de aplicar sobre el terreno las acciones de Thdf. De hecho, tal y como nos comentaron los voluntarios, una de las claves a la hora de gestionar la ayuda es darles un pequeño empujón, enseñarles el camino para que después tomen plena responsabilidad en las diferentes acciones. Cualquier otra forma de ayuda está condenada a fracasar a largo plazo. Tomamos buena nota de estos consejos para nuestra asociación.
Semanas después, de regreso en España y readaptados a la rutina, las (escasas) noticias que llegan de Nepal parecen confirmar una abdicación de facto del rey. De momento los veintisiete millones de nepalíes pueden tomar algo de aire, pero éste es únicamente el primer paso de una travesía larga y llena de escollos. Somos sabedores que nosotros podemos proporcionales una ayuda, pero el camino habrá de ser recorrido por ellos, especialmente por los jóvenes, el futuro del país.
Os esperamos en el próximo viaje solidario, 2007